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    June 24

    ¡Pingüino maldito!

    Debo despedirme. El el fín de mi vida, tal cual la conocía y proyectaba. Cuando leí la advertencia, pensé que podría controlarlo y las primeras veces confirmaban mi juicio. Pero después empeoró. No se distinguir si es obsesión o adicción, pero ya no puedo dejarlo.
     
    Anoche me estaba por dormir, cuando me llegó el mensaje de que me habían superado. No pude contenerme ante el desafío y resté una homa más de sueño plácido para dedicarle. Ahora acaba de pasar lo mismo. Alejen al pingüino de mi vida. O entren a http://n.ethz.ch/student/mkos/pinguin.swf y sufran en carne propia lo que les acabo de relatar.
     
    Por otro lado, para incentivarlos al consumo: mi récord es de 323.5
    June 22

    Gracias

    Muchas veces, dejamos pasar el hecho de ser gradecidos. Tal vez por ignorancia o por omisión. Es decir, puede ser que nos olvidemos del motivo primigenio que desató una situación. Claro está, que ese es el hecho que debería hacernos estar agradecido con tal o cual persona. Empero muchas veces lo olvidamos. No al acontecimiento, pero sí a la persona que lo originó.
     
    Por tal motivo debo expresar mi agradecimiento más sincero a dos personas. Primero a Tony, por invitarme a verlo en Planta Alta, donde tocó con Rancho Aparte. Allí la ví porn primera vez.  Segundo, y no por eso en orden de importancia, a Gloria, por presentarme a Luz. A los dos, por más que sea redundante, gracias... totales (*).
     
    (*) Quienes sepan de mi admiración para con Soda Stereo, entenderán que es el halago má grande.  
    June 20

    Los 7 locos

    Fenómeno curioso: Erdosain tuvo súbitamente la sensación del silencio de la muerte, un silencio paralelo como un féretro a su cuerpo horizontal. Posiblemente en aquel instante, en él se destruyó todo el amor inconsciente que el hombre siente por una mujer, y luego le permitirá afrontar situaciones terribles, que serían insoportables de no haber sucedido previamente aquel fenómeno. Le parecía ahora encontrarse en el fondo de un sepulcro, pensó que jamás vería la luz, y en ese silencio liviano y negro que colmaba la habitación se movían los fantasmas despertados por la voz de su esposa.

    Más tarde, explicando esos momentos, recordó que se mantenía inmóvil, en la cama, temeroso de romper el equilibrio de su enorme

    desdicha, que aplomaba definitivamente su cuerpo horizontal en la superficie de una angustia implacable. Su corazón latía pesadamente. Parecíale que cada sístole diástole tenía que vencer la presión de una elástica masa de fango. Y era inútil que desde

    allí él intentara mover las manos para alcanzar el sol que estaba más arriba.

    Y la voz de la esposa repetía aún en sus oídos: -No me hubiera casado. Tendría un amante.

    Y esas palabras, que para ser pronunciadas no habían requerido sino el espacio de dos segundos de tiempo, estarían ahora resonando toda la vida en él. Cerró los ojos. Las palabras estarían toda la vida en él, arraigadas en su entraña como un crecimiento de carne. Y sus dientes rechinaron. Quería sufrir más aún, agotarse de dolor, desangrarse en un lento chorrear de angustia. Y con las manos pegadas a los muslos, tieso como un muerto en su ataúd, sin volver la cabeza, reteniendo el galope de su respiración, preguntó con voz sibilante:

    -¿Y lo hubieras querido?

    -¿Para qué?... ¡Quién sabe!... Sí; si era bueno, ¿por qué no?

    -¿Y dónde se hubieran visto? Porque en tu casa no iban a tolerar eso.

    -En algún hotel.

    -¡Ah!

    Callaron, pero ya Erdosain la veía en la firme desdicha de su vida, avanzar por la acera de una calle empedrada con lascas de río. Ella se adelantaba por la ancha vereda. Un tul oscuro le cubría la mitad del semblante, y encaminándose hacia el lugar donde la conducía el deliberado deseo, avanzaba con rápidos y seguros pasos. Y deseoso de martirizar aún lo poco de esperanza que le quedaba, Erdosain continuó, con una sonrisa falsa que ella no podía distinguir en la oscuridad, y la voz suave, para que Elsa no reparara en el furor que estremecía sus labios:

    -¿Ves? Así es lindo, en un matrimonio, poder hablar de todo con una

    confianza de hermanos. Y, decíme, ¿te hubieras desnudado ante él?

    -¡No digas estupideces!

    -No; decíme: ¿te hubieras desnudado?

    -¡Y... claro! ¡No me iba a estar vestida!

    Si de un hachazo le hubieran partido la columna vertebral, no quedaría más rígido. La garganta se le resecó como si por ella entrara un viento de fuego. Su corazón apenas latía; por sobre los sesos sintió correr una neblina que se le escapaba por los ojos. Caía en el silencio y la oscuridad, se sumergía en la nada por un muelle descendimiento, mientras que la firme parálisis de su carne cúbica subsistía para que la sensación de la pena se estampara más profundamente. Calló, y, sin embargo, él hubiera querido sollozar, arrodillarse ante alguien, levantarse en ese instante, vestirse e ir a dormir en el atrio de alguna casa, en el umbral de una ciudad desconocida.

     

    *Fragmento de Incoherencias. En el libro segundo de Los 7 locos, de Roberto Arlt.